Al reflexionar sobre esta cuestión, enseguida se viene a la cabeza esa expresión popular, o al menos yo desconozco la autoría, que dice: “El día que dejé de buscar el éxito (o la felicidad, o la libertad, o el concepto que se quiera) empecé a ser exitoso”. Hagamos como Nietzsche, que sostenía que para reconocer el valor simbólico, el poder que en realidad tienen las palabras, había que recurrir a la etimología, a su origen. Éxito viene del latín, de exitus. Significa salida, fin, término. Como exit en inglés. Se trata del resultado, lo que hay al final de una acción, de un proyecto, de una vida. Tiene una connotación positiva: para que el resultado sea un éxito tiene que ser bueno, porque si no lo es, existe otra palabra, el fracaso.

En algunos casos lo relacionamos con el esfuerzo, pero para ello existe otra palabra más precisa que es el mérito. Mérito y éxito no son sinónimos y los diferencia el esfuerzo, ya que este no es condición imprescindible para alcanzar el éxito: no todas las personas exitosas tienen mérito ni al revés.

La medida del éxito

Ya sabemos algunas cosas sobre el éxito, pero ¿cuál es su significado, su contenido? Él éxito básicamente consiste en sentirse bien, lo relacionamos con el bienestar, con la felicidad al fin. Ese sí es el mayor éxito. Es una medida personal, pero el éxito tiene un fuerte componente cultural también. La cultura, la sociedad, el contexto en el que andamos inmersos definen lo que es exitoso y lo que no según ciertos parámetros. Y cada cultura tiene unos parámetros que le son propios, que cambian. Lo veíamos en algún texto anterior de este blog, a la hora de hablar de Byung-Chul Han, y hacíamos hincapié en los diversos valores que se han privilegiado en las distintas épocas: